Las distopías se están
escribiendo en tiempo real
Robert Linares · 19/12/2025
1984 es un texto que se convirtió en referencia a la hora de hablar de las distopías. Orwell fue un escritor incómodo para su época. Acusado por unos y por otros. Su obra fue prohibida y resaltada en la misma proporción. Alguien se ha parado ha pensar que ese mundo recreado en 1984 ya llegó hace tiempo.
Que se esté vigilado constantemente y en cualquier momento ya es un hecho que se ha naturalizado. Incluso tan normal parece vivir rodeados de cámaras y mecanismos de vigilancia que nadie se hizo la pregunta sobre quién vigila a los vigilantes (Quis custodiet ipsos custodes). El Estado te vende la seguridad como un elemento necesario para poder mantenerte vigilado. El argumento central del texto de Orwell, el todo poderoso Estado que se manifestaba a través del “Gran Hermano”.
Pero pensemos juntos y analicemos la situación actual. Ya no hace falta que haya una vigilancia estricta, ya no hace falta que las libertades individuales se cuestionen, ni que los derechos fundamentales de cada individuo sean trastocados con alguna ley o medidas coercitivas. Puesto que cada individuo tiene aceitado el hábito de entregar sus datos voluntariamente. Los teléfonos móviles, que son susceptibles a ser rastreados, se han convertido en un accesorio obligatorio de la vida de cada persona.

Hacia nuevas ficciones
Tranquilamente pudiéramos asegurar que la realidad volvió a superar a la ficción. Saber que las redes sociales hacen su trabajo con un monitoreo constante no es una señal de alarma, sino todo lo contrario, es algo que resulta gracioso y asombroso. Pero el punto dónde se entiende que eso es vigilancia no existe y tan solo asomar ese tipo de planteamiento es casi un suicidio social, puesto que te señalarán y te adjetivarán como dueño de una excesiva paranoia.
Pero todos estos hechos se lo adjudicamos a la seguridad. La excesiva vigilancia y la pérdida de la privacidad individual y colectiva no es más que el sacrificio que se hace en pro de mantener la seguridad ciudadana. Incluso cuando cualquier político quiere publicitar su gestión en materia de seguridad; en ningún caso muestra en primer lugar a la educación como primer logro o prioridad. Muchas veces los hemos visto en una enrome sala de monitoreo a lado de agentes de policías entrenados para vigilar y castigar, por su puesto.
Pero en este punto entramos en un tiempo que siempre está al borde de ser una distopía, porque por lo general, en la mayoría de los casos, el que vigila y reprime no es alguien que pertenezca a una clase social superior, siquiera son personas que posean un ética y una moral superior. Los represores y vigilantes en la praxis provienen del mismo sector de los vigilados y reprimidos. Ahí el mensaje es claro, o te unes y vigilas y reprimes a la tuyos o serás reprimidos igual que ellos. Es decir, el trabajo sucio la hacen siempre los mismos, mientras que las ideas siniestras salen siempre desde los lugares más inmaculados.
Otro autor que se dedicó en cierta medida a predecir el futuro con esto de las distopías es Aldous Huxley con su texto “Un mundo feliz”, quien consiguió construir una sociedad donde la estética juega un rol principal y determinante, en la que los miembros de la misma tuvieran como único objetivo el sostener la estética que a su vez era un elemento diferenciado entre los miembros y que marcaba claramente jugaba un papel de vital importancia. Todo aquel que se atreviera a cuestionar los mecanismos de esa sociedad y poner en cuestión la banalidad y cómo se relacionaba entre sí, directamente se exponía a ser rechazado.

Para sostener la vida dentro de ese mundo distópico creado por Huxley era necesario las pastillas que los aislaban o abstraían de la realidad y del paso del tiempo. En este caso la vigencia de este libro radica en las similitudes que se pueden encontrar entre esa sociedad ficticia y la sociedad actual, donde el consumo de ansiolíticos ha aumentado de manera exponencial, décadas tras décadas.
Como ya sabemos, la vida se hace sumamente pesada de manera tal que las personas necesitan doparse para soportarla, sobre todo en las sociedades más desarrolladas y dónde el sistema es uno más proclive a un consumo desmedido. Las exigencias sociales actuales y la híper-productividad a la que están sometidos los seres humanos no solo son insalubres, sino que son inviables en una perspectiva a futuro.
Pero el futuro no es nada alentador en ese sentido. En los últimos años a lo largo de occidente hemos visto como la ultra derecha ha ido ganado terreno de manera apresurada. Pero ya no solo en un apoyo tímido de algo que a priori parecía que estaba muerto y superado. Pero parece que las ideas del fascismo han vuelto y con fuerza, siendo los jovenes los principales militantes de estas ideas y los que más las estimulan.
La construcción del verdugo
Es interesante pensar qué pasaría si un candidato a la presidencia asegura en su campaña que una de sus principales promesas es sacar a los inmigrantes de ese lugar, puesto que esa gente, los extranjeros, son los causantes del aumento de inseguridad. Aún cuando las estadísticas oficiales y no oficiales demuestran que eso es falso. ese candidato mantiene su narrativa y plantea que para “limpiar” al país es determinante que los inmigrantes se vayan.
Pero ahora vayamos por parte. En primera instancia el país de ese candidato es un mezcla que se construyó en base a la inmigración, con esto quiero decir que para que ese lugar pudiese tener el carácter de país es porque en gran medida hubo una participación de las ola migratorias que llegaron ahí. Pero en segundo termino este candidato es hijo de un inmigrante llegado al país en condiciones cuanto menos cuestionables, proveniente de uno de los lugares más oscuros de la tierra en ese momento y habría que ver en qué estatus legal llegó ese hombre al país.
Pero ahora pensemos. La lógica nos indicaría que los inmigrantes que están amenazados con ser expulsados. Deberían tener una natural resistencia a un personaje que los agravia y que los culpa de facto de la inseguridad del país, estigmatizando a una colectividad entera asumiéndolos como delincuentes o potenciales criminales. Pero en esta historia lo disruptivo es que esos inmigrantes les tienen más miedo a un fantasma que ellos nunca han visto que al candidato que dice que se van a tener que ir y que les adjudica la consecuencia de los supuestos indices de criminalidad, por lo tanto ellos terminan apoyando y aplaudiendo a su verdugo.
Es verdad que la literatura es una forma de descripción de la sociedad en la que vivimos y en la que posiblemente terminemos viviendo. Pero los tiempos que corren son ampliamente superiores a las imaginaciones de esos autores que escribieron distopías. Leer, por ejemplo, a Jorge Luís Borges es adentrase en la realidad más cotidiana de la Argentina, pero me atrevería a decir que no solo se puede reducir su literatura a la Argentina, sino que es una literatura que propia del sur del continente. Así pudiéramos relatar a los autores que nos escriben y que nos imaginan como sociedad. Pero bien sabemos también las complejidades de la sociedad actual, las cosas que parecen que no tienen ni mucha lógica ni mucho sentido y que por supuesto no tienen nada de razón. La realidad es cada vez más superada y la sensación es que lo peor está por verse.

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