La desesperación ante la existencia

No es normal el nivel de desesperación del hombre de hoy en día.
No es normal que cada vez más la existencia pese y que la vida
cueste cargar con ella, cuando por muy absurdo que sea, no debería
convertirse en una carga. 

Robert Linares · 7/11/2025
La desesperación ante la existencia
Todo lo contrario de lo que se pensaba, la modernidad y el “progreso” contemporáneo han traído más dificultades existenciales a los seres humanos de lo que se podía prever. Si hay algo de lo que se está completamente seguro es de la desesperación en la que se encuentran inmersos los seres humanos de hoy. Entendiendo que la única certeza que tienen los hombres y las mujeres es la inminente muerte. Algo que condiciona a la vida desde su inicio, pero más que condicionarla la convierte en algo absolutamente absurdo. Saber que naces para empezar a morir no puede entrar en otra categoría que no sea en la del absurdo. 
Pero la pregunta siempre gira en torno a qué hacer con el absurdo, ergo con la vida. La respuesta es igual de clara y sencilla, el absurdo hay que atravesarlo con la plena conciencia de lo que es, pero también sabiendo que es absolutamente necesario vivirlo. Es verdad que de las náuseas o pestes existenciales no se puede escapar. Pero también nuestra existencia en un mundo que cada vez más rechaza al ser humano y postula otros elementos en el centro de la dinámica de la vida. 
El capitalismo y posteriormente el neoliberalismo como su fase superior y quizás la más agresiva, por lo menos la que se ha visto hasta el momento, contempla al ser humano como una herramienta para el consumo y desde ese punto es donde arranca a contemplar la importancia de cada persona dentro de una sociedad. Es decir: el consumo individual es el que determina el valor que se consigue dentro del colectivo. Ya ha quedado más que demostrado y claro que bajo esta lógica es casi imposible conseguir la felicidad, o cuanto menos hacer el intento de conseguirla. Puesto que para el capital la felicidad está emparentada con el consumo. Si quieres ser feliz consume y si consumes de seguro serás feliz. Es por ello que estamos en condiciones de asegurar que la felicidad contemporánea es una ilusión. 
Pero es que cada uno de los elementos que conforman la existencia humana están en constante tensión entre la realidad y la ilusión. Las cuestiones fundamentales han sido y siguen siendo postergadas y dejadas a un lado y cada vez menos forman parte de la cotidianidad.
Albert Camus en su libro La caída expresa de forma clara y precisa de lo asqueado que estaba el ser humano con el mundo que se le presentaba tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. La hostilidad y la dureza emergen como características principales de un mundo que venía de haber vivido el horror nazi. Parece que ante la atrocidad la respuesta del nuevo mundo fue la hostilidad y dureza que han llevado a lo humano por un derrotero sin sentido y que atenta de manera flagrante contra sí mismo. 

La amistad como eje de la vida

“La amistad es menos simple. Se alcanza con dificultad y tiempo, pero cuando se consigue ya no hay manera de deshacerse de ella, hay que afrontarla. Aunque no vaya a creerse que sus amigos le telefonearán a todas las noches, como deberían hacerlo, para averiguar si se trata precisamente de la noche que tiene pensado suicidarse, o simplemente para saber si necesitas compañía, o si tiene ganas de salir.” – La caída de Albert Camus
Acá el autor nos plantea la amistad como un hecho determinante para la vida. Nos dice lo complejo que es conseguir y sostener una relación donde intervienen el amor, el cariño y el afecto con un total desconocido, con esa persona con la cual decides tener una relación de amistad. Las relaciones tienen sus bases en la falta de interés que hay entre ambos. Pero parece que la amistad está determinada por el tiempo y no por las personas que la ejercen. Hay amistades que duran toda la vida, pero que son una simple costumbre de verse o llamarse una vez por semana y no pasar de conversaciones dérmicas. Mientras que hay amistades que su consolidación no está en languidecer sino en profundizar con la otra persona. Que cada conversación e intercambio de sentimientos está dada por la profundidad, por intentar cada vez que se lo proponga en conectar con el otro y no desde lo superficial sino desde lo más hondo. Esos son los amigos definitivos. Así ese amigo lo hayas visto un día, una semana, un mes o un año o simplemente haya sido amigo de un día o de una noche. 
Quizás la felicidad no está en un viaje por lugares exóticos sino en una conversación descarnada con esa persona que es tu amigo o esa que es un proyecto de amistad. Porque el sistema se ha encargado de hacernos creer que la felicidad está sujeta al lujo. La vulgaridad es prima hermana del lujo y de la presunción de cualquier cosa, trágico hábito del ser humano de hoy en día. Reviste más importancia mostrar su pseudo éxito en una red social que sostener la privacidad y sentarse y hablar desde lo más profundo del ser, que el pasaje por lo absurdo que es la vida se aproveche para ser más humanos. 

La humanidad del otro

Tratar de entender al otro debería ser una de nuestras principales tareas en el mundo. El ser humano para nada, por muy humano que sea, es un ser impoluto. Todo lo contrario, su humanidad se ve reflejada en la imperfección de sus actos. Convivir con el error para nada es un síntoma de debilidad, es la mayor y más clara manifestación de humanidad. Entender que nuestros pares se equivocan y que es justamente eso los que los convierte en humanos. 
La decadencia de nuestra sociedad nos ha hecho creer que el ser humano ejemplar es ese que sigue los preceptos de la moral construida por el hombre. Siempre la dicotomía entre buenos y malos, categorías que tiene una relación estrecha con la subjetividad. La bondad de algunos está sujeta a intereses que deslegitima esa supuesta bondad, muestra que la potencial maldad de algunos está sustentada en hechos aún más loables. 
No se le puede pedir al hombre maltratado que responda de manera unilateral con la bondad que nos demanda esa moral judeocristiana. Pero tampoco y para nada es admirable aquel que se va al medio del África subsahariana a ayudar en un pueblo necesitado con el único interés de saber dónde están los minerales y las riquezas. El primero es un hombre en medio de sus circunstancias, mientras que el segundo hay que hacerse la pregunta ¿cuánto de humano le queda? Por ende, es legítimo asegurar que la humanidad para nada tiene que ver con la magnanimidad de los seres que se han construido a través de las religiones. 
El amor como elemento de la vida se ha ido distorsionando. Es casi imposible amar en tiempos donde la privacidad es casi un privilegio, puesto que el amor se construye en libertad. El amor es ante todo una generosidad infinita. La libertad del otro debe ser tu mayor acto de amor, porque es ahí en ese punto donde se encuentran y pueden surgir cosas sublimes. El amor para nada debe y tiene por qué estar atravesado por la vanidad. Porque de lo contrario, ya eso no es amor, puede que sea otra cosa, pero amor no es.

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