El cine y la hegemonía cultural

El ritual de ver una película no está exento de atractivo. Es casi mágico
y fetichista querer conservar en nuestra retina la satisfacción visual de
la proyección.

Robert Linares · 12/12/2025
Cine, hegemonía cultural
El cine como industria cultural sin duda alguna es la más contundente y a su vez la más masiva. El séptimo arte no solo tiene la posibilidad de hacer arte en el sentido más estricto de la palabra, es también el canal de comunicación donde se envían mensajes certeros y que llegan a todos los lugares de la sociedad. 
Es el cine ese arte que tiene la capacidad de manera veloz de cambiar y modificar los modos culturales. No es un simple medio de comunicación o un medio de entretenimiento más. Si es cierto que entretiene y comunica, pero a su vez, en medio de todo eso, funciona como un difusor extraordinario de mensajes y transmisor de modos de cultura como ningún otro. 
La Segunda Guerra Mundial se contó a través del cine, imponiendo a un solo ganador y vendiendo la idea de un solo salvador de la vieja Europa que estaba sometida por el fascismo. El mejor ejemplo fue la guerra fría. Los soviéticos y los norteamericanos en la carrera también la por la hegemonía cultural. Había películas que solo hacían parecer a los norteamericanos como los buenos y a los soviéticos como los dueños del mal absoluto. Incluso el fantasma de la representación de todo mal en occidente era el comunismo. En Estados Unidos, como tantos otros países, ser manifiestamente comunista era algo que no es que estaba socialmente mal visto, sino que se convirtió en un delito sensible de persecución a quien tuviera la osadía de pensar de esta manera. 
Cine, hegemonía cultural

Construcción de hegemonía

Para Gramsci la hegemonía cultural tiene estrecha relación con las clases dominantes. Es este grupo privilegiado que tiene la voluntad y el poder de imponer sus ideas y su perspectiva del mundo como una visión natural y universal. En tal sentido, la hegemonía cultural se usa para persuadir a la sociedad de una manera más sofisticada y menos traumática como la fuerza bruta, ergo la guerra. 
El cine en tal sentido es una de las armas más poderosas, si bien las comunicaciones en todas sus versiones juegan un papel trascendental. El cine es determinante, puesto que su alcance es mayor que al de cualquier medio de comunicación y su penetración en la conciencia colectiva es más eficaz que cualquier medio de entretenimiento. Para Gramsci esto era solo un electo que utilizan las clases dominantes para perpetuarse en el poder. Es la dominación de la sociedad sin la necesidad de las armas. Es cierto que la comunicación no es el único elemento señalado, también se cuenta con la educación, la religión y hoy por hoy con las redes sociales. 
La forma de ver cine ha cambiado radicalmente desde hace unos años hasta ahora. La razón: la aparición de las plataformas que te entregan las películas y las series desde la comodidad de tu casa. No hace falta trasladarse a ningún lugar, ni por supuesto conseguir boletos para poder ver una película en una sala de cine. 
La pregunta pertinente en este sentido es: ¿los objetivos culturales de la industria cambiaron? Y la respuesta es tan sencilla como obvia: no. La industria lo que ha hecho es modificar sus metodologías y ajustarse a los tiempos que corren. Dándole más herramientas al hombre de las “cavernas” de la modernidad. Ya el cine no es un ritual ni un punto de relacionamiento entre pares que van a disfrutar de un entretenimiento, sino que ahora se entrega una película de manera inmediata, sin moverte de casa. Mientras que una serie se muestra entera desde su estreno. Estas características no son más que propias de los tiempos que corren; la inmediatez como principal elemento de la ciudad actual. Todo para ya y ahora. 
Parece que los productores, cineastas y directores, guionistas y fotógrafos no tienen ninguna incidencia en la creación de los productos cinematográficos. Incluso el antiguo ritual de asistir a una sala de cine a ver una película resulta algo, por lo menos hoy en día, excéntrico y casi disruptivo, ya ni hablemos el hecho de sostener una mínima cultura cinematográfica, porque desde luego pasas a ser poco menos que un “bicho raro”. 
Pero más allá de las transformaciones sociales, el núcleo de la cuestión sigue siendo si la industria cambió sus objetivos. Las respuestas ante el mismo interrogante siguen siendo no. Lo que antes hacían con grandes producciones y con discursos y narrativas, hoy lo consiguen con colgar centenares de películas y series. Que los consumidores entiendan que ya no hay esfuerzo de ningún tipo para mirar cine. Ya no se tienen que trasladar a ninguna parte, el esfuerzo intelectual cada vez es menor, porque en definitiva ya todo está dado.
El cine no perdió, sino por el contrario ganó. Sus ganancias en términos económicos son mucho mayores a los que se registraban en tiempos atrás. Socialmente han conseguido una hegemonía aún más sólida y profunda, para poder consumir cine es obligatorio tener internet y a su vez aberenjenado pagado un servicio de las diversas plataformas. Pero en esa misma dirección por lo general debes estar pegado a un dispositivo, incluso el televisor como objeto se convirtió en otra cosa. Ya no es la caja que emite basura para entretener a la clase obrera y alinearla a niveles que asumieron su rol dentro de la sociedad como una cuestión individual, sino que es el dispositivo que sirve para ver películas y como reproducción de diversas plataformas. También uno de los símbolos de la modernidad que le han dado otra vuelta de tuerca. 
Cine, plataformas de streaming

El cambio hacia nuevas plataformas

Una vez escuche a alguien decir que ya las dictaduras y los militares no eran necesarios. Que para eso estaba Netflix, HBO, Amazon Prime y pare usted contar. Son estas la que mantienen hoy en día la hegemonía cultural de la que habla Gramsci. Las películas y el cine no dejaron su rol de cuestionar, de incomodar y plantear temas que salían de las normas impuestas por los grandes discursos hegemónicos. Hace un par de días se anunció que Netflix compró a la productora Warner Bros. A lo que se nombró como el triunfo de las plataformas ante el cine tradicional. Esto es una vez más las fanfarrias de la modernidad tratando a lo auténtico como obsoleto y terminado. Es verdad que el cine como industria se ha visto tocado por la aparición de estas plataformas y la nueva forma de consumir el cine. 
Las producciones de películas han cedido paso ante las abundantes producciones de series para los servicios de streaming, pero es que las películas con un buen guión y con un buen discurso siguen siendo ampliamente superiores a cualquier producción de entretenimiento. Sin duda alguna que la forma de entretener ha cambiado diametralmente. Pero también es cierto que la saturación de producciones y las múltiples opciones hacen que estas plataformas sean más un lugar para la inmediatez que un sitio de reflexión tras el consumo de cine. No menos importante es que la hegemonía cultural ya no viene solo a través de las películas, sino que las plataformas son parte de esa hegemonía. 
El arte seguirá siendo lo que ha sido hasta ahora. El cine no está fuera del arte aun cuando su impacto sea más masivo y penetre en todos los estratos de la sociedad. El arte con el poder de interpelar consigue cosas que parecen imposibles. Con la llegada de estas nuevas formas de distribución se habló en primera instancia de la democratización en términos de consumo del cine. Cosa que se ha demostrado absolutamente falso, los costes de las plataformas hacen que el uso de las mismas sea más complejo sobre todo en sectores más desprovistos de la sociedad.  Porque para mirarlas no solo debés pagar una suscripción, sino que tenés que pagar internet y tener un dispositivo que te permita reproducir las plataformas. 
El cine habrá perdido el ritual en términos masivos de asistir a una sala de cine y que eso se convierta en un punto de encuentro social. Pero la esencia del séptimo arte sigue intacta. Hay películas que siguen marcando la diferencia ante las miles de opciones que se nos presentan.

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