De Boedo y Florida al
boom latinoamericano

La literatura de América Latina reposa de manera directa
o indirecta en los grandes escritores que empezaron su
camino a principios del siglo XX.

Robert Linares · 20/11/2025
Boom latinoamericano, Carmen Balcells
Para el año de 1837 en Buenos Aires, Argentina, se gestó lo que la historiografía conoce como la generación romántica del 37. Un grupo intelectual y literario que tenía entre sus participantes más ilustres a Juan Bautista Alberdi, José María Gutiérrez y Esteban Echeverria. Este grupo fue quizás de los primeros en su especie no solo en la Argentina, sino me atrevería a decir que en el continente entero. Claro está que con esta relevancia e importancia para la literatura latinoamericana no había a lo largo y ancho de la región, cosa que no anula la existencia de este tipo de grupos en otros lugares, aunque desde luego con un carácter marginal y poco trascendentes. Para ese momento, la burguesía, en gran medida porteña, se adueñaba del devenir intelectual no solo del puerto del Río de la Plata, sino también como ente irradiador de las inquietudes de los intelectuales de la época que estaban repartidos por todo el continente. 

Boedo y Florida, la génesis del gran movimiento

No fue sino hasta principios del siglo XX cuando una vez más en Buenos Aires aparece una de las rivalidades literarias más influyentes de la historia. Más En cierta medida más accesible y emulando un poco lo que sucedía en Francia para la época, que servía de referencia para los jóvenes pensadores, apareció el grupo de Boedo y el grupo de Florida. Quizás ya a estas alturas hay más mito que realidad en cuanto se habla de esta dicotomía que rivalizaban y se cuestionan unos a otros a través de su obra literaria. 
Ejercicio que sin duda funcionaba de maravilla para medir y expresar las inquietudes e ideas de los integrantes de estos grupos. El grupo de Boedo más identificado con la clase trabajadora, consumiendo y devorando las lecturas de los clásicos rusos (Tolstoi, Dostoyevsky), y una marcada inclinación a lo social y político. Sus ideas de izquierda ni las escondían. Eran épocas del triunfo de la revolución rusa. Roberto Arlt es quizás junto a Ernesto Sábato, aunque este último llegaría unos años más tarde al grupo, el pensador más ilustre, quien sostenía que la literatura debía pegar, no podía ni debía dejar a los lectores indiferentes. La literatura del siglo XX, según las creencias del grupo de Boedo, debería tener como objetivo cambiar el mundo. Esto a grandes rasgos era un poco la línea argumentativa y literaria de este grupo. 
Mientras que el grupo de Florida era evidentemente, a ser la contraparte de un grupo literario que hacía todo lo posible por estar cerca de la clase trabajadora, quienes encarnaban un comportamiento más cercano a la burguesía y que, por lo menos de manera pública, se mostraban lejos de la dicotomía política. Este grupo adquiere su nombre por ser habituales de la intersección Florida y Tucumán, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires. En esa esquina se encontraba la revista Martín Fierro, dónde estos jóvenes se reunían con frecuencia.
Una de las particularidades de este grupo utilizada como arma para diferenciarse de sus rivales es que ellos se esforzaban por presumir que habían leído el Ulises de Joyce, texto que hasta el momento no se había traducido al castellano y que denotaba que los integrantes de Florida manejaban de manera perfecta el inglés. Ese fue uno de los puntos que ellos se encargaron de que se convirtiera en distintivo entre un grupo y otro. A raíz de esto, vino la respuesta de Roberto Arlt: “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”. Esto haciendo alusión a la prepotencia del grupo de Florida.
Un joven Borges, Oliverio Girondo y Ricardo Molinari, entre otros, eran los más ilustres miembros del grupo Florida. Pero más allá de las particularidades de estos sectores, lo interesante de este movimiento es que ambos polos estaban a la vanguardia de la literatura latinoamericana. Entendieron la necesidad de esta rivalidad y que las discusiones de carácter intelectual o literario, lejos de afectar, se convirtieron en un aporte invaluable para las letras hispanoparlantes.
La historia ya es conocida, la influencia que tuvo y sigue tendiendo Jorge Luís Borges para la lengua castellana no solo es un reconocimiento superficial de su obra y pensamiento, sino que a medida que pasa el tiempo es cada vez más necesaria, como lo es la obra de Ernesto Sábato. El impacto de las novelas de uno de los más lúcidos novelistas de su época como lo fue Roberto Arlt, los eternos poemas de Oliverio Girondo. Todo eso deviene de ahí, de ese grupo que buscaba medirse constantemente en algo tan complejo y subjetivo como lo es el pensamiento. 

Influencia y política de la nueva narrativa

La influencia de este movimiento no se redujo a las fronteras argentinas o la región rioplatense, sino que fue creando escuelas que desembocaron en uno de los movimientos más fructíferos de las letras latinoamericanas. Con las influencias de autores como Jorge Luís Borges, Ernesto Sábato, Adolfo Bioy Casares, Juan Carlos Onetti, Pablo Neruda, entre otros, nace lo que sería uno de los periodos más exitosos de la literatura latina. 
El boom latinoamericano de nuevo tuvo a la política como protagonista Esta vez ya no se importaban formas de los países centrales de Europa, ni se intentaba copiar a Francia, España o Italia. Este nuevo fenómeno no solo es más grande, sino que se compromete con causas políticas que para ese entonces también eran novedad en la región. La invocación y los nuevos estilos literarios y narrativos salían de la pluma de escritores como Gabriel García Marquez o Mario Vargas Llosa. También apareció dentro de este movimiento una joven promesa como Julio Cortazar o Carlos Fuentes. Nunca antes nuestra región había vivido tiempos tan vigorosos dentro de la literatura. 
Boom latinoamericano
La política, las reivindicaciones sociales, el apoyo al Chile de Salvador Allende o a la revolución cubana. La intelectualidad latinoamericana veía desde de sus más grandes y talentosos exponentes el realismo mágico como un género que llegó para describir las realidades de cada uno de los rincones de la América española, de la América caribeña y de la América negra e indígena. Son esos relatos como Cien Años de Soledad que o Rayuela o Pantaleón y las Visitadoras
Esta vez no había rivalidad ni discrepancias en lo que debía y se tenía que escribir. La realidad de la América hispana era lo suficientemente rica para ser relatada y contada con la nostalgia que lo hacía Julio Cortázar, con el desparpajo de García Márquez o con el tino de Vargas Llosa. Esta vez la literatura se hizo cargo de la historia como nunca antes. Sin obviar sus influencias que provenían y estaban emparentadas estrechamente con los movimientos europeos, como, por ejemplo, el Mayo del 68, donde la intelectualidad y la clase trabajadora se unieron para posicionarse de manera clara en la política.
Los miembros del boom latinoamericano se encargaron de contarle al mundo de manera magistral quiénes eran y cómo veían el mundo. Sobre todo, su mundo, ese del pacifico y caribe colombiano o de los desiertos peruanos. Esa perspectiva de la moderna Buenos Aires, de la tranquila y apacible Montevideo o la ya caótica Ciudad de México. Ellos junto a otros tantos fueron y son los que sostienen lo más profundo de la cultura de América latina. No se puede entender que pasó y qué pasará posiblemente en el sur del sur sin haber consultado a algunos de estos escritores. Porque por suerte, no eran hombres que se divorciaban de la realidad, sino todo lo contrario, fue siempre su fuente más confiable. No cabe duda que esa fue la etapa de oro de la literatura y que de ahí provienen muchos de los escritores de hoy y de seguro también de los de mañana. 

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