Lemebel, travestismo
en los márgenes

Pluralidad, resistencia y afirmación en el travestismo
de Pedro Lemebel en “Loco afán: crónicas de sidario”.

Ernesto Lorenz · 12/11/2025
Pedro Lemebel
Una vez, en medio de una charla entre militantes de izquierda alguien quiso ser sarcástico en su comentario respecto a un chico de apariencia equívoca: “pero ¿ese es un hombre, una mujer, o qué?”. Parece que Perlongher habría respondido: “Es qué”.
Esta anécdota de Néstor Perlongher abre lugar a la pregunta por lo indeterminado, por un lado, pero también a la necesidad de ensayar una respuesta ante el ataque. ¿Qué posibilidades hay de elaborar desde lo negado, desde los márgenes? En esa línea, una de las posibilidades que siempre se abre es la de construir desde la contraofensiva, tal como busca llevar adelante Pedro Lemebel en un libro como “Loco afán: crónicas de sidario” (1996), una recopilación de crónicas que abordan el travestismo y la homosexualidad en medio de la década de los 70 en Chile, durante la dictadura de Pinochet.
Si tomamos como ejemplo una crónica como “Los mil nombres de María Camaleón” se puede indagar sobre sus estrategias narrativas desde lo que se podría llamar una productividad negativa. “La desesperada”, “La depre-sida”, “La frun-sida” o “La cola del barrio” son algunos de los apodos para las travestis. La ironía de los nombres ante la enfermedad o formas con las que son atacadas no solo sirve para desarticular ciertos discursos, sino también para fortalecer la propia identidad. Si lo que es dado es la limitación, tal como se muestra en la anécdota de Perlongher, la escritura que aparece en Lemebel da lugar a la proliferación. Lo abierto, lo múltiple, tiene lugar en la contraofensiva. Esta escritura en volumen de más y más apodos señala también todas las identidades que quedan por fuera, lo no dicho.  
Lemebel, travestismo, Loco afán

La historia no contada de nuestro héroes

En 1994, el Fondo de Desarrollo de la Cultura y las Artes (Fondart), financiado por el Ministerio de Educación de Chile, le realiza la propuesta al pintor Juán Domingo Dávila de regresar a su país y exhibir una pieza artística: El libertador Simón Bolívar. Dávila, en un gesto de ruptura, decide tomar como referencia una escultura con la figura tradicional de Bolívar arriba de un caballo, pero para transformarla. Elabora un óleo sobre tela en el que la figura del héroe patriótico aparece con senos, rasgos aindiados y maquillado. Se convierte en una travesti mestiza. Este episodio desató rápidamente una oleada de críticas a la obra de Dávila y las cancillerías de Venezuela, Colombia y Ecuador presentaron protestas diplomáticas al gobierno chileno.
A partir de esta obra, Lemebel escribe la crónica “Juan Dávila (La silicona del libertador)”, en la que se comenta la pintura de Simón Bolívar casi desnudo y con tetas. La masculinidad heroica de los próceres es puesta en cuestión no solo por la imagen que se representa, sino también por lo que Lemebel menciona: “Porque no todo fue guerra y jurar a la bandera, como si la patria fuera un convento benedictino. Seguramente los padres putamadres de la patria también tuvieron su noche de celebración, chimba y zamba. Quizás terminaron un amanecer borrachos, con los pantalones abajo, persiguiendo a una sirvienta mulata. Tal vez era un mulato de ojos nostálgicos por África, encargado de izar el pabellón en su falo azabache”.
Abre así la posibilidad de pensar escenas por fuera de los lugares comunes de la historia, una suerte de relato histórico dejado de lado en el que se plantea que quizás a José se le escapaba la San Martina o Simón no era tan Simón. En este sentido, la negatividad da lugar a una contracultura en la que ciertos valores, historias, taxonomías, son ahora trastocadas por operaciones literarias.

La loca mala

Lemebel decide posicionarse ante la sociedad chilena con la actitud de la loca mala. Pero, ¿qué es la loca mala? Podría decirse que es quizás alguien que se deleita con las formas de la ironía, un homosexual que reta a la sociedad, que desafía las normas heterosexuales que lo oprimen. Se trata también de las herramientas con las que la contracultura gay empieza a definir su universo, su afirmación de identidades. Para la loca mala el ataque da lugar a la autoafirmación. Lejos de la debilidad que se pretende construir para aquellas personas, la loca mala es fuerza y coraje.
Lemebel, travestismo, Loco afán
Otra de las crónicas de Lemebel que cabe rescatar es “El último beso de loba de mar”, en la que se narra sobre el tránsito de la enfermedad de Loba Lamar, una travesti de Valparaíso, y su posterior muerte. Mientras que el sida la deterioraba ella se sostenía lo mejor posible, sin tristeza y maquillándose cada vez más: “La lobita nunca se dejó estropear por el demacre de la plaga, entre más amarillenta, más colorete, entre más ojeras, más tornasol de ojos. Nunca se dejó estar, ni siquiera los últimos meses, que era un hilo de cuerpo, los cachetes pegados al hueso, el cráneo brillante con una leve pelusa.” El texto pone de manifiesto una suerte de conversión del personaje atacado a una persona con rasgos heroicos al mostrar la fortaleza de Lamar y su postura estoica. La victimización no tiene lugar, de lo que se trata es de fortalecer a todas esas identidades. Para el funeral las amigas de Lamar la maquillan y la dejan como una “artesanía necrófila”. Es también buscar una forma de resistencia a la enfermedad y al deterioro de la imagen.
La primera hibridación la da el texto, el género de la crónica. Lemebel decide abordar desde ese género en el que inserta algo de la biografía, de la narrativa y una poética propia. Si el travestismo está definido por la pluralidad y la ambivalencia, él busca que encuentre su correlato en el texto. Esa pluralidad textual le da las herramientas para navegar en las fronteras de la cultura, en sus márgenes y condensar así todas las historias que quiere compartir.

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