The body snatcher,
cadáveres y profanación

Profanación de tumbas y una particular historia de asesinatos.
A pocos días de Halloween, repasamos este clásico del cine
de terror.

Ernesto Lorenz · 29/10/2025
Edimburgo, 1828. Aunque cifrado su destino entre una necesidad y una vocación desviada, nadie sospechó de él. Motivado por la escasez de cadáveres, William Burke caminaba por las calles en busca de alguien que sirva para sus propósitos. Por entonces, su modalidad ya prefiguraba lo que sería luego impronta. Con amable sonrisa invitaba a la persona a su modesto departamento en la zona de West Port. Tras algún canapé y unas copas de whiskey, tenía el terreno preparado. Allí, con la ayuda de su amigo William Hare, surgiría el método “Burke”. Dieciséis personas fueron sus víctimas, todas asesinadas bajo este método.
No está claro como conoció al doctor Robert Knox. Lo cierto es que su trabajo como anatomista y los deseos cruentos de Burke encajaron ante una necesidad. Para principios de siglo XIX en Reino Unido, los únicos cadáveres que se podían utilizar para la investigación y disección médica eran los de criminales ejecutados. Desde 1808 los delitos menores dejaron de tener pena de muerte, lo que supuso un número mucho menor de cuerpos destinados al estudio médico. Como consecuencia, aparecieron distintos ladrones de tumbas, personas que robaban los cadáveres de los cementerios para luego venderlos. Knox, alentado por el deseo de conocimiento, buscó una alternativa. Fue entonces cuando empezó este vínculo en el que Burke y Hare proveían al doctor de los especímenes necesarios para su disciplina, aunque explorando más allá en las posibilidades de obtener un cadáver.

Adaptación de Robert Wise

Esta particular historia de los asesinatos de Burke y Hare es la que sirvió como fundamento para el cuento de Louis Stevenson “The body snatcher” que, a su vez, dio lugar a la película de Robert Wise con el mismo título en 1945. En esta nota me interesa detenerme puntualmente en la película por la capa sobre la que profundiza Wise en el relato: la cuestión moral. Hemos hablado ya en Dosis 404 de ciencia, de cuando los límites del saber científico se corren para extender sus fronteras. Esos límites, muchas veces en cuestionamiento por los peligros y la discusión moral, han sido ampliamente debatidos sobre todo en el ámbito de la medicina.
Para entender todo un poco mejor, abordemos primero una breve sinopsis acerca de la historia relatada en la película: el doctor McFarlane, reconocido profesor y cirujano, tiene un joven discípulo estudiante de medicina, Donald Fettes. Para sus investigaciones personales y su labor como docente necesita de los cadáveres que le suministra el cochero Jhon Gray, quien se encarga de robar los cuerpos en el cementerio y lo chantajea con arruinar su carrera. Un día la señora Marsh se acerca al doctor para pedirle que opere a su hija inválida con la esperanza de que pueda caminar. A raíz de la cercanía de la cirugía, Fettes le pide a Gray que consiga con más apuro algún cadáver que sirva para el estudio de Knox.

Una mirada médica

“¿Crees que lo hice por gusto? ¿Crees que lo hago ahora? Pero debo hacerlo. Tú también. La ignorancia ha frenado el avance médico con tontas e injustas leyes. Si se sigue frenando, los médicos deben encontrar otros caminos.” – McFarlane
La mirada del doctor McFarlane solo está puesta en el progreso.  Su interés es el avance de la medicina a cualquier costo, incluso si eso supone la criminalidad. En este sentido, Wise incorpora en la película un personaje que no aparece en el relato de Stevenson: Georgina, la hija de Marsh. La operación para esta niña con la posibilidad de que pueda caminar contiene para McFarlane la respuesta ante el cuestionamiento moral. Se justifica la obtención de cadáveres mediante cualquier vía en favor de un avance médico que contribuya a la sociedad.
Sin embargo, podría pensarse que lo que no manifiesta desde el discurso, a McFarlane lo acecha en su cabeza. La película trabaja sobre la psicología del doctor y sus tormentos. El personaje del cochero Gray busca perturbarlo constantemente con sus chantajes, recordándole qué clase de persona es y su pasado. Donald Fettes, aunque temeroso y con más dudas que las que expresa su maestro, también termina por justificar varios de los hechos que acomete Gray.

Conocimiento y comprensión

“Mira, mírate a ti mismo. ¿Podrías ser médico y curar con las cosas que han visto esos ojos? Hay mucho conocimiento en esos ojos, pero no hay comprensión” – Gray
Estas palabras del cochero Gray hacia McFarlene contienen uno de los conflictos que subyace en la película. Todos sus saberes médicos quedan inconclusos si no es capaz de comprender, de dar cuenta de aquello que no se adquiere en los libros de texto sino en relación a la condición del ser humano. Es interesante que Fettes, en una conversación con la señora Marsh, dice algo similar: “Siento que no he aprendido nada de él. Me ha enseñado las matemáticas de la anatomía, pero no ha sido capaz de transmitirme la poesía de la medicina”. La película pareciera advertir sobre los peligros de una ciencia médica sin controles, que prescinde del entendimiento y no repara en lo sensible. Esta discusión acerca de los límites y peligros de una ciencia desbocada son muy propios del siglo XIX, época en la que se enmarca la trama de la película.
Georgina, la niña que espera ser operada, anticipa lo que nadie más ve en McFarlane: “Mamá, ese médico me da miedo”.  En cambio, sí confía en Fettes cuando él se le acerca. El conocimiento corrompido por la inmoralidad en McFarlane no está aún presente Fettes, quien todavía está dando sus primeros pasos en medicina. Como aprendiz, Fettes aún conserva cierta sensibilidad. Teme, se preocupa, se vincula con la madre de su paciente. Por su lado, a McFarlane solo lo angustia la presencia de Gray, su permanente acecho.

Clásicos del cine de terror

Aún con todo lo mencionado, no hay que perder de vista que se trata de un clásico del cine de terror de los años 40. Con la cercanía de Halloween nos pareció indicado rescatar una película con dos figuras del cine de terror como Boris Karloff y Bela Lugosi, dos instituciones en el género.
El papel de Jhon Gray, interpretado por Karloff, es posiblemente de lo mejor de la película. Algo similar a lo que ocurre en una obra como The hitcher (1986), hay una construcción muy bien llevada a cabo de que McFarlane nunca se logrará librar de Gray y sus intimidaciones. El vínculo entre ellos dos, el pasado y la conciencia de la cual el doctor no se puede librar, genera una atmósfera que oprime hasta el final.
Por otra parte, cualquiera de los amantes del género hubiese deseado que Bela Lugosi se luzca mucho más en esta película. Si bien desempeña muy bien el papel que le toca, se trata de un rol bastante menor en la historia narrada. Joseph aparece en pocas escenas y poco y nada vemos del terror que nos transmitió el Drácula de 1931. Pero hay tiempo y Bela Lugosi nunca pasa desapercibido. Su filmografía es tan importante como extensa. En otra oportunidad tendrá un mejor espacio en este medio.

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