El derecho a opinar es legítimo,
la opinión no siempre lo es

En tiempos donde todos opinan y el criterio de esas opiniones son muy
cuestionables. Es hora de que la discusión se haga en torno a la valía de
la opinión y si la misma sirve para algo o simplemente es desechable.

Robert Linares · 29/10/2025
Derecho a opinar, opinión
Parece que hay conceptos que están tan arraigados en el inconsciente colectivo que no admiten el cuestionamiento o tan solo la discusión de los mismos. En los tiempos que corren la ilusión de libertad nos hace pensar que es nuestro deber opinar de todo y de todos. En ese devenir se encuentra esa creencia que asegura que toda opinión es respetable. Cosa que no solo es falsa, sino que es absolutamente insano asumir la opinión, sea cual sea y venga de donde venga, como valiosa y respetable sin decodificar el contenido de la misma. 
Lo que si no admite discusión alguna es tener la libertad de opinar. Ese derecho debe ser tarea de todos poder resguardar y conservar el hecho de que cada persona pueda opinar con total libertad, pero la opinión no siempre es admisible ni mucho menos irrefutable, el contenido de lo que se esgrime es lo que determina cuán valiosa puede llegar a ser la opinión. 
El cuestionamiento como herramienta para conseguir lo que cada uno pretende desde su subjetividad es la herramienta más importante a la hora de aceptar o admitir una opinión. Cuestionar la opinión de otra persona para nada significa de forma directa que se está en contra de la misma. Pero hay opiniones que traspasan los límites de lo humano y es ahí dónde pierden valor y cualquier importancia. Opinar es un derecho, saber de lo que se está opinando es un deber. 
La opinión desde su génesis es una invitación a la discusión. El contenido de la opinión y el conocimiento de lo que se está opinando es lo que determina la receptividad que pueda tener la misma. A su vez es necesario que toda opinión pase por un proceso de cuestionamiento. Para nada es negativo y mucho menos va en contra de poner la opinión en cuestión.
derecho a opinar, opinión
Es muy normal ver en los tiempos que corren a “opinadores” de oficio asegurar con total vehemencia que la opinión se respeta y que toda crítica o cuestionamiento es una afrenta a la libertad de expresión. No es admisible que haya personas opinando y asegurando, por ejemplo, qué la tierra es plana, y asumiendo como verdad múltiples teorías que no tienen ningún rigor científico. Cuando las evidencias científicas conseguidas a través de años nos dice que la tierra no es plana.   
Pero la opinión tiene su base en la duda. Sin plantearse preguntas y sin la búsquedas de esas respuestas, no hay posibilidad de conseguir una opinión de valor, de lo contrario carece de sustento y pierde todo tipo de respeto posible. Hay opiniones que de entrada no sólo son cuestionables sino que no merecen el mínimo respeto, son esas que traspasan los límites humanos. Decir sin reparo alguno que ciudadanos de determinada nacionalidad son tal o cual cosa es algo que deja de ser una opinión para convertirse en una agresión. 
Para nada la opinión se puede convertir en un arma a utilizar a la hora de una discusión. Porque en las discusiones lo que se busca es todo lo contrario, el intercambio de ideas no se puede no se puede asumir como una batalla a muerte donde la opiniones personales sean determinante para acabar con el rival. Siempre en las discusiones lo que se busca es que a través de las opiniones se consiga intercambiar ideas en una dinámica donde haya plena y pura sinergia.
En tiempos que parece que cualquiera puede y debe opinar de cualquier cosa, las opiniones se han convertido en verdades absolutas. Opinar de la inmigración y asegurar elementos que no concuerdan con la realidad es pan de cada día. Ver o escuchar en televisión, radio o diarios, incluso en las redes sociales personalidades que manejan una gran audiencia, decir que la culpa de los robos en determinada gran ciudad es culpa de los inmigrantes, como casi siempre las estadísticas y los datos más duros demuestran lo contrario. La falacia como mecanismo de imponer y modificar una opinión para nada es algo loable. Decir y repetir un disparate mil veces parece que de alguna manera va calando profundamente en la opinión pública. Los ejemplos más notorios siempre nos remiten a las opiniones que se esgrimen sobre las minorías. 

La opinión pública y las hegemonías

Antonio Gramsci asegura que: “Lo que se llama opinión pública está estrechamente vinculado con la hegemonía política, o sea que es el punto de contacto entre la sociedad civil y la sociedad política, entre el consenso y la fuerza. El Estado, cuando quiere iniciar una acción poco popular, crea preventivamente la opinión pública adecuada, esto es, organiza y centraliza ciertos elementos de la sociedad civil.”
Para el filósofo italiano, la opinión pública estaba sujeta al acuerdo que se llegará con el Estado que en este caso representa la hegemonía. Las condiciones creadas previamente por el Estado (sujeto hegemónico) siempre apunta a modificar o incluir en la opinión pública para luego justificar sus acciones. 
En El Salvador vemos como un ejemplo de seguridad las cárceles que evidentemente violan los derechos humanos. Pero a su vez, vemos al presidente asegurando que esto va en pro de la seguridad de pueblo salvadoreño. Por lo tanto, hay mayor pedido de seguridad de la gente que vive en El Salvador, que durante años han sido víctimas de las pandillas y la delincuencia organizada. 
Esto es casi que una lógica de sentido común. No pueden vivir mejor los criminales o no pueden gozar de derechos aquellos que han aterrorizado a la población durante años. Pero es que a todas luces lo de El Salvador es una anulación del poder judicial y de las garantías civiles. Es decir, el gobierno salvadoreño en su carácter de proceso mesiánico le aseguro a los ciudadanos que le iba entregar seguridad, aún cuando para esa seguridad se anule hasta la condición de humana de cada uno de los habitantes de ese país.
Todo ciudadano de nacionalidad salvadoreña y que habite el territorio nacional es potencialmente un delincuente y puede, sin ningún problema, terminar en la cárcel. Es ahí cuando se escucha el “algo habrá hecho”. Pero esas opiniones del común denominador de la sociedad no son espontáneas. La política es uno de los lugares más fructíferos a la hora de conseguir claros ejemplos de lo importante que es la opinión y de lo contundente y corrosiva que puede llegar a hacer cuando con ella se busca manipular. 
Para nada la opinión está emparentada con la verdad. Por lo general la opinión está sujeta a las percepciones de cada quién. Pero lo que es fundamental es que para la construcción de esa opinión exista un proceso de documentación y se contrastan los datos y de ahí en más sustentar esa opinión con criterio sólido y riguroso. 
Opinar está bien y de eso creo que nadie tiene dudas. La opinión es necesaria, pero también es necesario saber que la opinión está sujeta a cuestionamientos y que no toda opinión es de respetar. El respeto de las opiniones está sujeto al contenido, siempre será respetable y siempre será un derecho inalienable el opinar, ahora lo que se opina, siempre y bajo cualquier concepto, está sujeto a la mayéutica que seas quizás el arma más poderosa para romper con las falacias y las opiniones carentes de contenido y sustento. 

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